2.451 .SAN
CRISTÓBAL, LA SIERRA SAGRADA (3). (Isla Cartare XI)
1 Mosaico con la
representación de la batalla del Guadalete.
Aún existe una corriente historiográfica
nacida a mediados del s. XIX que sostiene que la batalla que abrió Hispania al
Islam se libró junto a la laguna de la Janda y el río Barbate, pero las fuentes
históricas “insisten”, como demostró Sánchez-Albornoz (1944), en que fue el wadi Lakka o Guadalete el escenario del encuentro entre las tropas del rey
Rodrigo –más numerosas pero menos motivadas- y las de Tariq.
2 Figuración de
Rodrigo y Tariq en el manuscrito ‘Semblanzas de Reyes’, hacia 1312. / Biblioteca Nacional, Madrid.
3 Vista parcial de los Llanos de Caulina.
Al fondo, la Sierra de Gibalbín. /
Foto, hermanos García Lázaro, web entornoajerez.com.
Los musulmanes, procedentes de Algeciras,
probablemente siguieron la ruta del viejo camino de la Vía Heraklea que cruzaba el litoral gaditano hasta las puertas de Gades, frente al santuario de Hércules
del islote de Sancti Petri. Continuarían bordeando la margen izquierda de las
marismas del Guadalete, frente a la Sierra de San Cristóbal, por la colada de
Puerto Real y Mesas de Bolaños adelante…
El ejército de Rodrigo partió de Córdoba,
con seguridad, por el camino heredero de la Vía
Augusta romana hasta apartarse de él (seguramente cerca de la Sierra de
Gibalbín) y encaminarse al Guadalete, donde se libró la batalla. Probablemente,
como recoge parte de la historiografía Moderna y Contemporánea jerezana, en la
depresión aluvial de los extensos Llanos de Caulina (8 km de longitud) que se
abren frente a las marismas del Guadalete, desde el puente de Cartuja (donde hace
3.000 años desembocaba el Guadalete) hasta más arriba del Circuito de Jerez;
terrenos en el s. VIII y hoy bien capaces de acoger un duro y prolongado enfrentamiento,
al contrario que las inestables marismas del Guadalete. Contemplando ‘a vista
de pájaro’ de dónde procedían ambos ejércitos, son los Llanos de Caulina el espacio
idóneo donde pudo celebrarse la batalla, que se prolongó del 19 al 26 de julio
de 711.
4 El lugar de
Siduna-Sidonia desde las marismas del Guadalete. / Foto, Juan
José López Amador, 2014.
Tras la victoria, las tropas de Tariq
marcharon a Siduna, la población que tradicional y secularmente se ha
identificado con Medina Sidonia, pero en los últimos años el brillante arabista
jerezano Miguel Ángel Borrego Soto ha “revolucionado” la cuestión poniendo
sobre la mesa las fuentes y la documentación precisas que sostienen la verdadera
localización de Siduna o Saduna al pie de la Sierra de San
Cristóbal, en el Castillo de Doña Blanca, el paraje que los castellanos desde
el siglo XIII llamaron Sidonia y Sidueña.
PARADA
Y POSTA EN SIDUNA
Decía Ibn al-Sabbat (1221-1282) siguiendo
a su contemporáneo Arib ibn Sa’d que Tariq, una vez repartido el botín de la
batalla “prosiguió la marcha hasta
detenerse y acampar junto a la población de Madinat Saduna”. Y también recogió
una segunda versión más antigua, de al-Tabari (839-923): “Púsoles Tariq a las gentes de (Medina) Sidonia un largo asedio; luego,
valiéndose de tretas, prendió fuego a los sembrados que tenían a la entrada de
la ciudad y en torno a las casas. Ardieron los campos y muchos de sus
habitantes sucumbieron en el incendio; el resto fueron pasados a cuchillo.
Seguidamente avanzó Tariq en dirección a la cora de Morón.” Versión ésta que
no creemos que encierre un hecho cierto porque no creemos que existiera una población
hispano-visigoda al tiempo de la conquista donde los musulmanes fundarían Siduna, pareciendo el asedio y la
destrucción del relato un adorno loando y acrecentando una gesta.
Dando por buena –como la damos- la tesis
de Borrego sobre el emplazamiento de Siduna,
hay que cuestionar si esa supuesta población asediada –visigoda- existía al
tiempo de la llegada de Tarik o bien se creó –como pensamos- con la primera
organización del territorio conquistado. En Doña Blanca y la Sierra no hay
registro arqueológico alguno de población hispano-visigoda, salvo la pilastra
–que presentamos en la anterior entrega, nótula 2.430-
que debió formar parte de una ermita levantada en el s. VII en Doña Blanca. No
obstante, hay que tener presente que la mayor parte del yacimiento del Castillo
de Doña Blanca y su entorno sigue siendo un espacio arqueológicamente desconocido,
no pudiéndose descartar su ocupación en tiempos visigodos. Pero, al día de hoy,
las citas en las fuentes árabes a Siduna como
población visigoda supuestamente existente en 711 nos parecen interpolaciones
toponímicas. Vendrían a ser el mismo caso que la mención, al final del texto de
la 2ª versión de al-Sabbat, de la partida de Tariq desde Siduna a ‘la cora de Morón’,
que ciertamente no existía en 711; como tampoco creemos existiera una Siduna visigoda, sino, acaso, un lugar
así nombrado de antiguo y que los conquistadores arabizaron.
Al respecto, se ha identificado la Siduna
árabe con la Assidona que menciona el Anónimo de Rávena, un mapa de rutas de
hacia el año 670. De ser así, a nuestro juicio, no nombraría a una población,
sino a un lugar, la Sierra, y a las ruinas –a flor del terreno en el s. VIII-
de la ciudad púnica y fenicia de Doña Blanca y su entorno, que desde la Edad
del Cobre fue, como venimos apuntando en esta serie, un enclave siempre marcado
por un espíritu sagrado y religioso.
7 Extensión de la
cora de Sidonia (en naranja) según José Mª Gutiérrez López y Virgilio Martínez
Enamorado y adaptaciones nuestras, con la ubicación de sus principales
poblaciones y los Llanos de Caulina, probable lugar de la batalla del Guadalete.
Y probablemente ocurrió, como decía
al-Sabbat, que las tropas de Tariq se agruparan en Siduna para descansar y reponer fuerzas tras la crucial batalla, beber
en sus manantiales, abastecerse de bastimentos y recomponer las fuerzas militares
para continuar la marcha –camino de la capitalina Toledo- hasta Morón, donde se
libró el segundo encuentro militar tras la partida de Siduna.
SIDUNA,
LA CAPITAL
En Doña Blanca se han exhumado los
materiales culturales musulmanes más antiguos de la provincia, del tiempo
inicial de la conquista, no desmintiendo la arqueología a las fuentes documentales. Entre los
objetos, alguna moneda, de la misma data del fals de bronce de la serie nafaqa
que se excavó en plena campiña, en la alquería de Grañina en Pocito Chico (ver nótula 2.294),
acuñado en Tánger hacia los años 709-711 y que seguramente fue traído por algún
soldado que participó en la conquista de Hispania en 711. Su hallazgo en un
contexto habitado en el siglo X ha de entenderse como un recuerdo familiar
conservado durante generaciones para rememorar el tiempo en que el Islam tomó
posesión de estas tierras.
Sobre ello, sostiene Miguel Ángel
Borrego que el solar de la vieja ciudad fenicia se convirtió desde el comienzo
del asentamiento musulmán en Hispania en la capital de la cora (provincia) de
su nombre, Siduna, coincidiendo
grosso modo su territorio con el Conventus
Gaditanus romano y visigodo más la zona suroeste del Hispalensis (8.600 km2).
8 Moneda tipo
‘fals’ excavada en Pocito Chico, acuñada en Tánger a comienzos del s. VIII.
Museo Municipal de El Puerto. / Foto, J.J.L.A.
Las razones que dieron lugar a que las
autoridades eligieran a Siduna como
capital de un extenso territorio se desconocen. Pero mucho tendría que ver su
situación, bien comunicado por tierra, mar y río, y también el sitio, con
abundantes recursos naturales y de muy antiguo un lugar cargado de historia. En
San Cristóbal el Islam clavó una pica marcando que venían nuevos tiempos a una
tierra vieja.
9 Casa-cueva de la Sierra a principios del siglo XX,
posando los moradores con sus animales. / Foto, Centro Municipal del Patrimonio Histórico.
El año 743 estalló una sublevación militar
de la mayoría beréber, descontentos con el curso de la ocupación y la
discriminación a la que eran sometidos por los árabes, la élite de los
conquistadores, que resultaron vencedores. Se procedió entonces a repartir extensos
territorios –ocho circunscripciones militares- a las tropas árabes sirias,
unidas por su distinta procedencia al otro lado del Mediterráneo, que por el
Estrecho cruzaron dos años antes, cuando comenzó la sublevación beréber en el
Magreb. La cora de Siduna fue
entregada al yund de Palestina. De
entonces vino la capitalidad en Siduna,
la situada al pie de San Cristóbal. (Curiosamente, en el mismo lugar que sus
ascendientes fenicios ¿acaso de Sidón? fundaron 1.500 años antes una ciudad.)
Otro enfrentamiento bélico se produjo a
los dos años, en 745, también a orilla del Guadalete, ahora entre árabes del
norte (qaysíes) y del sur (yemeníes).
Continuó Siduna siendo la capital de la cora de su nombre durante un siglo, hasta
fines del 844, cuando incursiones normandas la atacaron y asolaron.
LOS
ASALTOS NORMANDOS
Fue durante la primera incursión a la
Península de las belicosas tropas normandas –los mayus (magos) de las fuentes árabes-, cuando, tras un frustrado
asedio a Lisboa que concluyó el 17 de septiembre de 844, ochenta naves (drakkars, dragones) con 1.800 hombres
tomaron rumbo a la bahía de Cádiz, donde asolaron Qadis y Siduna. Luego
remontaron el Guadalquivir para llegar a Sevilla el 25 de septiembre y
someterla a un duro y largo asedio, y después volvieron a Siduna, a la que, según al-Nuwayri, asaltaron de noche, se
apoderaron de sus bastimentos y cautivaron a sus habitantes. Dos días
permanecieron en la capital de la cora de Siduna,
marchando luego a raziar la cora de Niebla.
Con aquellos asaltos vikingos, Siduna perdió la capitalidad de la cora
de su nombre, trasladándose a Qalsana, río adentro, donde el
Guadalete y el Majaceite (Buta) se
funden en la Junta de los Ríos. Comenzó entonces lo que nuestro amigo Miguel
Ángel Borrego certeramente llama ‘la capital itinerante’.
En Qalsana,
en el entorno del cortijo de Casinas, en época romana y visigoda existió la
población de Lacca, de donde los árabes tomaron el nombre de wadi Lakka y los cristianos el de
Guadalete. Población que hace dos mil años canalizaba por el río hasta la bahía
de Gades buena parte de la producción
aceitera de la sierra gaditana, las mismas tierras olivareras del distrito de Arkus (Arcos) que durante el Islam se
consideraron las terceras más importantes de al-Andalus. De Qalsana se conoce la lápida fundacional de
la mezquita (de seis naves) que se reformó y amplió el año 952, coincidiendo con
la presencia en la ciudad del todopoderoso Abd al-Rahman III (929-1031). Al fin
de su califato, durante la guerra civil que precedió al surgimiento de los
primeros reinos de taifas en 1031, Qalsana,
según al-Himyari, fue destruida.
Pero desde mediados del siglo X había
otra población, Saris (Jerez), ya
existente en el s. IX, que fue desplazando en importancia a Qalsana, convirtiéndose entonces en la
tercera capital de la cora con el nombre –heredado de su primera sede- de Saris
Siduna, de la que al-Razi, en la primera mitad del X, escribió: “Y Xerez Sadunia es nombrada entre todas las
ciudades de España, y en ella hay todas las bondades de la tierra y del mar;
que si os quisiese contar todas las bondades de ella y de su término, no podría.
Y las aguas no se dañan como otras, y su fruta dura mucho.” Continuó siendo
Saris la capital de la cora hasta el
fin del poder musulmán en la región gaditano-xericiense tras las conquistas de
Alfonso X a mediados del siglo XIII.
EN
EL CALIFATO
De la primera mitad del siglo X, durante
el esplendor del califato de Córdoba (929-1031), es otro testimonio del
cordobés al-Razi (888-955), el Moro Rasis
de los cronistas castellanos, que de la Siduna-Sidonia
de la Sierra de San Cristóbal escribió esta interesante y –en algunos
nombres- oscura descripción: “Y en el
término de Xerez Saduña hay muchos rastros antiguos y señaladamente la ciudad
de Saduna, donde ella fue primeramente poblada; y por esto lleva ella el nombre
de Saduña, que fue muy antigua ciudad y muy grande a maravilla. […] Y hay tantos olivares e higueras que todo su
término está cubierto de ellos. Y hay un monte de nombre Montebur, y yace este
monte sobre Saduna y sobre Terretarne [?]; y en este monte hay fuentes y echan muchas aguas y hay muchos buenos
prados y muy buenos; y donde nace un río que llaman Lethe, y yacen en él muy
buenos molinos. Y yace majada de Saduna, donde cogen muy buen alanbar [ámbar]; y en su majada yace una villa que llaman Santa.
Y en Santa aportaron unas gentes que los cristianos llaman herejes [normandos], y estos hicieron en España gran daño, más
en cabo todos murieron.”

De este tiempo data la mezquita de
al-Qanatir (coetánea a la de Qalsana)
y el comienzo de la ocupación de la campiña portuense en alquerías. Tiempos de
esplendor –siglos X y XI- de la cora de Siduna,
donde nacieron y vivieron, según relacionó Ibn al-Faradi, más de una treintena
de sabios y ulemas (doctos en las doctrinas
coránicas), de los que, como ejemplos y naturales de la Sierra de San Cristóbal,
mencionaremos a Jalaf b. Hamid b. al-Faray b. Kinana, nombrado cadí
de Córdoba por el emir Abd Allah (888–912) y de Siduna por Abderramán III (912–929); y a Abū Muhammad Qāsim Ibn Abī l-Fat (m.
950), poeta, lexicógrafo, gramático y alfaquí (doctor del Corán) que dirigió la
oración en Qalsana.
LA
ÉPOCA ALMOHADE, SS. XII-
El esplendor dio paso a la desolación a
mediados del siglo XII. Entonces escribió el geógrafo almeriense al-Zuhri, que
en la bahía de Cádiz estuvo algún año de los que median entre 1146 y 1154/61: “E sobre este río [Guadalete] es otra ciudad llamada Xadona. E agora está
yerma.” Deshabitada, muy probablemente a causa de la sublevación que en el
puerto de Qadis encabezó Isa b.
Maymum contra los reinos de taifas y a favor del nuevo poder almohade llegado
del Magreb (1145-1212).

14 Dedal de bronce andalusí
de talabartero, Castillo de Doña Blanca. Museo Municipal.
En Doña Blanca, en el flanco oriental
que da a Las Leonas y La Dehesa, se excavaron los cimientos de viviendas y una
callejuela, y en todo el yacimiento muros dispersos y numerosas fosas de desechos
conteniendo abundantes materiales culturales de la época. Pero no creemos que
la población de Siduna sólo ocupara
el tell de Doña Blanca, sino que seguramente se extendía a viviendas excavadas
–de antiguo o en tiempos islámicos- en las canteras de la Sierra, como fue
costumbre vivir hasta tiempos bien recientes. Y también en algunas casas
rurales dispersas por la Sierra, no localizadas arqueológicamente.
15 Jarrita andalusí
de Doña Blanca, con la pintura del talismán árabe de la Mano de Fátima. Museo
Municipal.
La larga permanencia hispano-musulmana
en San Cristóbal –el Montebur de
al-Razi-, después de 553 años de la batalla del Guadalete, concluyó en 1264,
cuando las tropas castellanas de Alfonso X conquistaron las tierras de la
antigua cora de Siduna-Sidonia. De esta época en que los cristianos y el
cristianismo se asentaron en San Cristóbal (ss. XIII-XVIII) escribiremos en la
próxima entrega.
16 Antigua
vivienda-cueva frente a Doña Blanca, en la necrópolis de Las Cumbres, observándose la cocina y el cercado para el
ganado.
/ Foto, J.J.L.A.
Texto:
Juan José López Amador y Enrique Pérez Fernández.
Estupenda entrada!! Enhorabuena!
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